Ombúes de Lavalle - Colonia - Uruguay

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ANÉCDOTAS

 

Por

Aníbal Blanco

¡¡VIENE GENTE!!

Del libro Anécdotas de mi Pueblo 1 de Aníbal Blanco

 

Don Juan Armand Pilón vivía a unos 5 kilómetros del pueblo de Ombúes de Lavalle. Su chacra heredada de su padre, estaba y está, porque aún hoy viven sus descendientes, ubicada junto al camino a Colonia, por el Cementerio. Pegado al camposanto.

Los Armand Pilón habían llegado en los primeros años de la colonia, desde Artilleros y se habían establecido en la zona antes mencionada.

Don Juan, con su hermano Pablo, se constituyeron con el tiempo en los responsables de la finca, una vez desaparecido el padre. Con el tiempo quedó solo ya que don Pablo también emigró en busca de nuevos horizontes.

Casado con doña Paulina Bounous, se tomó en serio eso de que había que poblar el país y fue padre de catorce hijos.

Criar catorce gurises ha significado siempre un gran esfuerzo, pero en aquellos años, en que el trabajo de campo se hacía a puro brazo y con tiempo libre solo para asistir al Culto los domingos, era digno de admirar.

También las enfermedades, generalmente diezmaban las familias, porque se hacían atender mal y sólo iban al médico cuando ya no podían más.

Doña Paulina, a pesar de su energía , no daba abasto entre las tareas cada vez mayores de la casa, casa de la numerosa progenie y todavía de yapa hacer la comida para los ocasionales peones que en distintas zafras estaban afectados a las tareas de la chacra.

Los gurises se iban criando muchas veces al cuidado de sus hermanos mayores. Muy aseados sí, pero con una vestimenta muy precaria. Casi diría siempre con la misma vestimenta, que se iban pasando de hermano a hermano.

Mameluco de brin, sin calzoncillos, que como consecuencia de esto debían sufrir continuamente un fuerte ardor en la entrepierna por  el roce de la gruesa tela en la  delicada piel del niño. Con el tiempo y, al pasar de un hermano al otro, ese histórico mameluco se iba llenando de remiendos, hasta hacer desaparecer el color original de la prenda.

Ver los chiquilines vestidos así, para los de la casa, era normal, porque era cuestión de costumbre. Pero para el visitante, observar ese montón de remiendos que se movía, llamaba la atención.

De ahí, que doña Paulina les estuviera continuamente reclamando:

-¡Si viene gente se tienen que esconder inmediatamente!!

Por eso cuando pegaba el grito -¡Viene gente!- el desbande de chiquilines era general en busca de escondite. Porque hasta que no se iba la visita, los niños no volvían a aparecer.

Igual se pasaban medio día, refugiados en un galpón, o donde fuera.

Al pueblo iban muy poco, solo a comprar las cosas que no se podían hacer en la casa, azúcar, yerba, arroz...y muy poca cosa más, porque Doña Paulina hacía todo lo demás.

Por eso era muy común ver en la campaña, los clásicos hornos de barro, donde se cocía el pan, luego de grandes amasijos.. En éste que tenían los Armand Pilón se había llegado a hacer pan para 40 personas, en épocas de trilla. El horno era el orgullo de la familia.

Un vecino que de tanto en tanto hacía su visita a la casa de don Juan, era don Fausto Fernández.

Don Fausto había dejado pendiente una visita, porque don Juan le había contado que recientemente habían traído un toro, de lo de su hermano Pablo, residente en Rodó, que le resultaba de un comportamiento muy extraño. Rompía todo. Andaba siempre como rabioso.

Y en esto de comprar animales recomendados, para mejorar la raza tenía muy malas experiencias.

Ya le había pasado con un pato, que se lo habían vendido como de excelente línea genética y nunca pudo transmitir la estirpe porque aparecía como un macho fallado.

Parece que que los “nenes”, tapados de remiendos y todo, pero con una mente muy clara, habían bichado que el famoso pato, hacía algo extraño, pisaba la hembra y de inmediato levantaba vuelo con su sexo colgando.

En uno de esos vuelos rasantes después del goce, pasó cerca del “Yiye” y éste como una gracia, le tiró el manotón y se quedó con el “chingolo” del pato en la mano. Primero se asustó, pero luego con la complicidad de los hermanos cubrieron este acontecimiento con un manto de silencio. El pobre pato no pudo realizar más su jubiloso vuelo.

Don Juan siempre le echó la culpa a la “mala pata”.

Una tarde comenzó a recortarse la inconfundible figura de Fausto Fernández, por la calle que lo llevaba a la casa. El grito tradicional –¡Viene gente! – no se hizo esperar. Hubo un momento de confusión, donde no se sabía a que lugar recurrir para esconderse. Fue entonces que se escuchó la voz del “Yiye”:

-¡Vamos al horno!! Y allá corrieron todos. Eran nueve.

El enorme horno de barro comenzó a llenarse de gurises. Pero la capacidad se iba colmando. El “Bocha”, había sido el primero en entrar, lo tenían hecho una estampilla contra la pared del fondo. Carlitos era el último y como aún estaba afuera gritaba

-¡Un poquito más, que no entro!!- Pero cuando entró Carlitos, el “Bocha” salió como escupida por el fondo del horno.

El horno estaba desfondado. Era increíble. Todos lloraban, primero por la gran paliza que les esperaba y segundo porque se quedaban sin pan.

Pero no dijeron nada.

Al otro día, Don Juan al ver el horno  no daba crédito a lo que veía...

-¡Otra vez el toro!! ¡ Pero este animal no deja nada sano!

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