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ANÉCDOTAS |
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Por Aníbal Blanco |
LA LINTERNA MÁGICADel libro Anécdotas de mi Pueblo de Aníbal Blanco
La comercialización de perdices es desde hace muchos años una actividad que ha merecido el ingenio y el trabajo de mucha gente en las zonas rurales. Generalmente era el grupo familiar que encaraba esta tarea; la madre con sus hijos, algún pariente residente en la casa y en raras ocasiones el jefe de familia, que normalmente estaba afectado a otras tareas del campo. Pacientemente los integrantes de la pequeña empresa pasaban horas trenzando la crin de caballo, de donde salía un resistente “piolín” con que se formaba el lazo que se ponía en la “simbra”, que era la trampa con que se capturaban las desprevenidas perdices. Estas “simbras” se instalaban casi siempre en el hilo más bajo de los alambrados. Luego se hacía un caminito que conducía al lazo, sembrado de alguna semilla, como trigo o maíz molido. La perdiz en su afán de tragarse todo ese manjar que veía tan cuidadosamente dispuesto, apresuraba el paso a picotazo limpio, sin reparar en el lazo que colgaba disimuladamente al alambrado y, cuando quería acordar, la fina trenza de crin le rodeaba el pescuezo tan fuertemente que ya no tenía escapatoria. Por el año 1937, 1938 los hermanos Elvira y Marcelino Yoset (El Gringo), eran de los buenos cazadores de perdices de la zona., usando indistintamente la “simbra” o el “gorro”. El “gorro” era un aro de alambre grueso, de unos 40 a 50 centímetros de diámetro, que tenía una red en forma precisamente de gorro, que atado a una caña, era manipulada por el cazador, ya sea a pie o a caballo. La caza más efectiva era desde arriba de un caballo, ya que la perdiz se “aplastaba” y el jinete rodeándola, daba varias vueltas a su alrededor quedando el ave como mareada sin lugar a reacción alguna. Era entonces cuando le arrojaba el “gorro” encima y la “chifladora” quedaba aprisionada. Los martes eran los días que se comercializaban las perdices. Si bien había varios lugares que compraban las “yuntas”, el comercio de Juan Long, ubicado en la Colonia Sarandí, era a donde más se llevaban. Las aves se entregaban con plumas, solo se le sacaban las tripas, para su mejor conservación y atadas de a dos; pagaban en aquellos años 12 centésimos la “yunta”, que era buena plata.
Semana Santa de 1982. Pocho Artús amante de la caza y de la pesca decide ir a pasar esta semana a los campos del amigo Eduardo Foderé, donde estaba de casero un integrante de aquella vieja guardia que celebraba interminables tertulias en los boliches de la zona, el Toto Lapeyre, como la idea de Pocho, era pasar una semana tranquila, sin abusar de ningún tipo de licor invitó a su hijo Leonardo, que en esa época tenía 12 años. Y allá marcharon. Lo primero que hicieron, una vez instalados en el amplio galpón de Eduardo, fue poner simbras por todos lados. Querían comer carne blanca, talvez consustanciados por el contenido religioso de esos días. Según cuenta Leonardo hoy, recordando aquellos momentos, la idea era cazar, pero lo que más cazaron, Pocho y el Toto fue la jarra de vino. Y la semana fue pasando con pocas novedades, algún tiroteo sin éxito a las liebres, pero nada más. Hasta que llegó el viernes santo. tempranito nomás salieron a recorrer las simbras. ¡Aleluya! había dos presas. Pero eran dos semejantes “zorrillos”, que no había quién se les arrimara por el olor. Claro el Toto y el Pocho ya habían planificado hacerle una visita al boliche de Gaona, distante unos kilómetros del puesto, entonces ni bien terminaron de recorrer las intrascendentes simbras enfilaron la jardinera rumbo al legendario boliche. El Toto ya se les había adelantado a caballo, aprovechando la cortada que pasa frente a la entrada de la estancia “La Criolla”. El resto del día lo pasaron en el boliche. Se tomaron hasta el agua de los floreros. Ya oscureciendo, ataron el caballo del Toto, a la jardinera y despegaron rumbo al puesto. Al entrar a la ruta 21, ya casi en frente a la casa de Washington Purtscher, al Toto se le antojó que le habían errado al camino. Así que dio vuelta y se metió en la casa de Horacio Ribeiro, dio una vuelta en el patio y ahí dejó escuchar su ronca voz... -¡Ahora sí me orienté! Varias veces hicieron driblings a la banquina, mientras los automóviles le tiraban finitos peligrosamente. Por ahí se entabló una discusión entre Pocho y el Toto, de que lo más aconsejable era usar la linterna, que éste último guardaba en el cajón de la jardinera. Uno sí y otro no. Hasta que el Toto le grita a Leonardo... -¡Alcanzame la linterna que le voy a hacer media luz a estos viejos!... Leonardo sacó todas las porquería del cajón, maneas, alambre, pinzas, pedazos de cuero, pero la linterna no aparecía, en esa búsqueda estaba cuando el Pocho pega el grito... -¡Aquí está la podrida!... (y la manotea) Pasan unos minutos pero la luz de la linterna no se apreciaba. El Toto se vuelve a incomodar. -¡Pero che, y la luz? -¡Dejate de joder con la literna ésta, no hay quien la haga prender! -¡Tá que lo tiró, a que ya me jodió el viejo Gaona y me vendió pilas viejas?... -Tomá Leonardo a ver si la podés hacer prender...(le dice Pocho con la voz gangosa por los “cocktails” de Gaona).. Leonardo la agarra, la mira y dice... - ¡Pero papá esto es una espiga de maíz!
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